18.6.09

Esto no se acaba...


Chicos del jueves:
Gracias lo que comprartimos en el taller durante este semestre.
Por favor manténganse al pendiente de este sitio ya que la pubilicación de sus textos no ha terminado. Asimismo los invito a consultar la página de la revista Luvina donde podrán leer más textos de otros compañeros de distintas prepas que pertenecen al programa Luvina Joven.
Terminen el libro y mándenme sus comentarios. No se olviden de pasarme aquellos escritos que quedaron pendientes.
Un gran abrazo.

* La imagen pertenece al libro "El increíble niño comelibros", de Oliver Jeffers, disponible en la librería del Fondo de Cultura Económica (Chapultepec, casi esquina López Cotilla), que hoy llega a sus 10 años de existencia en Guadalajara.

14.6.09

Nicole


Por Marlenne Glez. Quezada

Una familia acampaba en el bosque. la mamá había mandado a los dos niños a recoger un poco de leña para la fogata.
—No se vayan a alejar mucho del campamento—, les advirtió, un poco nerviosa de dejarlos ir solos, pero su esposo tenía razón, debía confiar en ellos un poco más.
Los dos pequeños eran unos gemelos traviesos y a pesar de ser tan idénticos por fuera, por dentro no se parecían en mucho. La niña, mayor por unos minutos, le temía a todo, a diferencia del niño quien no se asustaba con nada.
Cuando se encontraban buscando la leña, la pequeña empezó a llenarse de tanto miedo que no se dio cuenta de que se alejaba del campamento, y al momento de voltear su hermano ya no estaba.
Los pelos se le pusieron de punta, odiaba estar sola, lo único que se le ocurrió fue salir corriendo en la dirección que ella creía que venía. Nunca fue buena corredora y también era algo torpe por lo que daba tres o cuatro pasos y se caía, se levantaba y daba cuatro pasos y se volvía a caer, la tercera vez que se cayó alguien la ayudó a levantarse.
—¿Te encuentras bien?—. El señor aparentaba unos 30 años y tenía una mirada amable y una sonrisa perfecta.
—Sí—, contestó la niña, mientras miraba su cuerpo para ver si se había lastimado.
Por alguna razón todo el miedo y la desesperación que había sentido unos instantes atrás desaparecieron.
—¿Estás perdida?
Esta vez la niña sólo movió su cabeza de arriba para abajo, el miedo y la desesperación volvieron a ella.
—No te preocupes te ayudaré a encontrar a tu familia—, le dijo el señor mientras le limpiaba las lágrimas que empezaban a asomarse por sus ojos.
— ¿Cómo te llamas?
—Nicole.
—Tienes un bonito nombre.
Los dos caminaron un rato por el bosque hasta llegar a una pequeña cabaña.
—¿Dónde estamos?—, preguntó Nicole.
—Esta es mi casa, de aquí le hablarás por teléfono a tu mami para que venga por ti, ¿de acuerdo?
—Sí—. Nicole estaba feliz al lado de ese hombre y no sabía por qué.
La cabaña era muy bonita por dentro.
—¿Cómo te llamas?—, Nicole le preguntó mientras él la invitaba a sentarse.
—Damián—, contestó con una sonrisa mientras sentaba a la niña en una silla.
—¿Tienes sed?
—Sí.
Damián se dirigió a la cocina para traerle algo de tomar a Nicole, desde ahí le preguntó si se sabía el número de su mamá.
—Sí—, respondió la niña enseguida
—¿Cuál es?
—33 98-65-70-43
—Ok.
El señor salió con una jarra de limonada y dos vasos, los sirvió y le invitó uno a Nicole.
—¿Quieres dormir, te ves muy cansada?
—No, gracias.
—De acuerdo, espera aquí un poco iré a llamarle a tu mamá.
Tomó los vasos y la jarra para llevarlos a la cocina, después de haberlos dejado en el fregadero regresó para entrar a una habitación del otro lado de donde se encontraba Nicole.

Los padres de Nicole estaban muy preocupados al ver que sólo su hijo había regresado.
—¿Dónde está tu hermana?—, le preguntó su padre al niño.
—No lo sé—, respondió confundido
—Iré a buscarla—, los interrumpió la mamá quien también tenía miedo al bosque, pero debía hace algo, su pequeña hija estaba perdida, así que se adentro en él.

Damián se había tardado mucho en aquella habitación, y a Nicole le entró curiosidad, se acercó lentamente y abrió la puerta. El cuarto estaba vacío, tan sólo había un escritorio, algunas fotos colgadas en la pared y una puerta que daba al bosque. A la niña le daba miedo estar sola en aquel lugar, por lo que se asomó por la puerta creyendo que tal vez Damián estaba afuera hablando por teléfono por el celular con su madre.
El miedo volvió a invadirla cuando no vio a nadie fuera de la cabaña, un sonido dentro de ella hizo que Nicole saliera corriendo al bosque, esta vez no tropezó tanto, a cada paso que daba los arboles se separaban más y más entre ellos abriendo un camino por donde pudiera pasar, cuando la niña se dio cuenta, disminuyó su velocidad, todo eso le parecía muy extraño y le asustaba, al final del sendero había un brillo deslumbrante, la niña llena de curiosidad cruzó la cortina de luz donde encontró a unas hermosas mujeres bailando alrededor de una gran flor.
La música se detuvo inmediatamente, las mujeres dejaron de bailar y empezaron a acercarse a la pequeña Nicole.
—¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?, ¿cómo llegaste?, ¿de dónde vienes? …—, todas empezaron a preguntar al mismo tiempo.
La cabeza de Nicole comenzó a dar vueltas, estaba demasiado confundida, su vista se volvió doble y cayó al piso desmayada.
Despertó en una cama llena de almohadas de diferentes colores y tamaños, al lado de ella se estaba una de las mujeres que había encontrado bailando. Era realmente hermosa tenía el cabello largo y negro, lo cual le hacía resaltar el azul de sus ojos.
—Por fin despertaste—, dijo al ver a la niña abrir los ojos, —¿te sientes mejor?—, le preguntó mientras le ayudaba a levantarse
—Sí—, le contestó mientas miraba la habitación
—¿Cómo te llamas?
—Nicole.
—Es un nombre muy extraño, jamás lo había escuchado—, hizo una pausa para ponerse de pie, —nos diste un gran susto, por un momento creímos que habías fallecido. Yo me llamo Fesile, pero puedes llamarme Fes—. La mujer la veía con mucha curiosidad, tanta que Nicole empezaba a sentirse incómoda por su mirada. —¿No eres una ninfa verdad?
—No—, a Nicole se le hizo muy extraña la pregunta.
—Lo sabía—, dijo contenta por tener la razón. —Pero, ¿si no eres una ninfa que eres?
—Una niña—. Esa respuesta fue la única que se le ocurrió a Nicole
—Supongo que es demasiado obvio, pero bueno, ¿Cómo es que una niña llegó hasta aquí?
—No lo sé—. Nicole empezó a llorar, quería regresar a su casa, quería estar con su mamá, con su papá y con su hermano.
—¿Qué pasó?—, preguntó extrañada al ver a la niña llorar.
—¡¡Quiero a mi mami!!—, gritó entre llantos.
—Ya no llores—, intentó consolarla sin éxito alguno, —ya sé—, se le había ocurrido una idea, —ven conmigo—, le dijo extendiéndole la mano. Nicole la tomó y salieron de la habitación.
La casa de Fesile constaba de un solo cuarto, dentro de una selva donde nunca paraba de llover. Al final de aquel lugar se encontraba el pequeño claro en el que Nicole había aparecido unos días atrás. Pero a diferencia de ese día esta vez estaba vacío, sin embargo bastó con que Fes tocara unas notas con su flauta para que se volviera a llenar de hermosas ninfas.
—Oigan, tengo que decirles algo—, dijo Fes en un intento por hacer que le hicieran caso.
—Silencio—, pidió la más bonita de todas y mágicamente se callaron. —Fesile nos ha llamado por una razón, así que les agradecería que pusieran atención unos segundos—, dijo cediéndole la palabra a Fes.
—Recuerdan la niña que apareció hace unos días y creímos que estaba muerta.
—Sí—, contestaron todas en coro.
—Bueno, resulta que está viva—, les informó la ninfa mientras daba un paso a un lado para que pudieran ver a Nicole que se escondía detrás de ella
—Hola pequeña, yo me llamo Alseide ¿y tú?—, la más bella de las ninfas esta vez se dirigía a la niña.
—Ni…Nicole.
—Por qué llorabas—, Alseide le preguntó al notar sus ojos hinchados y rojos.
—Porque quiere regresar con su mamá—, Fesile tuvo que responder en su lugar porque la pobre se había soltado a llorar otra vez.
—No llores niña—, la ninfa más alta de todas, de tez morena y ojos verdes trato de consolarla, —mi nombre es Balanos, no sé cómo puedes regresar a tu casa, pero si quieres yo puedo ser tu nueva madre—, le ofreció a la niña quien sólo se puso a llorar más fuerte.
—Ya viste lo que hiciste, ahora está llorando más fuerte—, le reclamó una pelirroja, —nena no llores yo soy Hesperis y te prometo que te ayudare a regresar—, sus palabras la ayudaron a tranquilizarse un poco.
—Pero qué podemos hacer _, preguntó Balanos y todas voltearon a ver a Alseide.
—No lo sé,
—Tengo una idea—, todas miraron a la rubia, no era muy de ella querer ayudar a extraños.
—Dinos Auloniade, cuál es tu idea—, Alseide le dio la palabra.
—Si de verdad desea regresar a casa quizá Naida pueda llevarla de vuelta.
—Tienes razón—, afirmó Hesperis para después preguntarle a Nicole, —¿deseas con todo tu corazón regresar a casa?
—Sí—, respondió feliz de que por fin podría regresar.
—Bueno entonces Auloniade te llevará a través de su campo hasta las cuevas de Antriades de ahí caminarás tú sola hasta el mar de Naida.
El hecho de pasar sola por unas cuevas le aterrorizaba, pero quería regresar con su mamá sin importar lo que le costara.

Damián vio salir corriendo a Nicole desde la azotea de la cabaña a donde se había subido para que su celular tuviera recepción para poder llamar a la madre de la niña.
Bajó lo más rápido que pudo e intentó alcanzarla, pero ya era demasiado tarde, la buscó todo el día hasta que empezó a obscurecer entonces regresó a su cabaña e intentó volver a llamar a la mamá de Nicole. La madre, quien había desistido también de su búsqueda más a fuerzas que por voluntad propia, esta vez sí alcanzo a oír su teléfono sonar, ella, Damián y los guardabosques se pusieron de acuerdo para empezar una búsqueda de rescate y encontrar a la niña lo antes posible.
Pasaron tres días y todavía no había respuesta de Nicole, los guardabosques se habían dado por vencidos y la madre culpaba a Damián de la desaparición de la niña, para quitarse un poco de la culpa que no la dejaba dormir por las noches.

Auloniade acompañó a Nicole a través de sus campos dorados como su cabello, con cada paso que daban Nicole se ponía más y más nerviosa al ver cómo las montañas se levantaban en el horizonte, obscuras e imponentes. El mundo maravilloso de música y ninfas se desvanecía a su espalda junto con el sol. A los pies de la montaña se abría una enorme cueva.
Auloniade le advirtió a Nicole antes de desaparecer con el viento:
—Del otro lado de la montaña se encuentran los mares de Naida, ella es la hada que te cumplirá tu deseo, pero la única forma de cruzar la montaña es a través de la cueva de Antriades, procura ir lo más silenciosamente para evitar despertarla, a pesar de ser una ninfa, tiene muy mal humor al levantarse y no sé de lo que es capaz si te ve en su propiedad, yo te acompañaría, pero si salgo de mis campos moriré.
Nicole estaba más asustada que nunca, las piernas le temblaban y tenía ganas de salir gritando, entró de puntitas a la cueva, estaba completamente obscuro no podía ver nada, así que tropezó con una roca, cayó al piso y se mordió la lengua para no gritar por el dolor de sus rodillas sangrando, el ruido de la caída no fue suficiente para levantar a la ninfa que vivía ahí, pero si bastó para despertar a los murciélagos dormidos. Nicole se tiró al suelo, le aterraban, con mucho trabajo resistió no gritar. Y no fue hasta que se fueron todos los animales que la niña pudo juntar el valor para seguir su travesía por ese lugar húmedo y tenebroso, se levantó lentamente y comenzó a caminar, la cueva se empezó a hacer cada vez más pequeña y comenzaron a aparecer telarañas por todos lados, cuando se paró para quitarse las telarañas de encima sintió algo pasar entre sus piernas, entonces no lo resistió más y gritó con todas sus fuerzas.
—¿Quién eres tú?—. Una voz tenue le llamaba detrás de ella. —¿Qué haces aquí?—. La voz se hacía más fuerte cada vez y Nicole corrió lo más rápido que pudo.
—¿A dónde crees que vas?—, la voz estaba furiosa, y la niña asustada no se fijó y chocó contra la pared de la cueva. No había salida, —te atrapé—, cantó la ninfa victoriosa al verla acorralada.
Nicole empezó a pedir auxilio y a pegarle a la pared, quería salir de ahí, estaba tan cerca del mar que podía escucharlo, podía olerlo. Antriades caminó lentamente hacía la niña, y cuando extendió la mano para tomarla del cabello ya era demasiado tarde, la pared se venció arrojando a la niña al mar.
—Te juro que algún día te atraparé mocosa—, le gritó enojada, pero Nicole ya no podía escucharla.
Ella y la pared se hundían en el mar, Nicole no sabía nadar y empezó a quedarse sin aire hasta perder la consciencia. Naida quien la había visto caer la llevó hasta su casa.
Cuando la niña despertó lo hizo en las piernas de una hermosa hada.
—¿Qué hace una niña tan pequeña como tu aquí?
Nicole empezó a llorar, —quiero ir a casa—, le pidió al hada, —las ninfas me dijeron que tú me llevarías a casa—.
—Calma, lo haré, pero primero debes dejar de llorar—. Naida le secó las lágrimas y la condujo hasta un pequeño charco en la esquina de la habitación. —Ahora sólo tienes que ver a través del agua y buscar en ella lo que deseas.
Nicole vio en el agua su rostro, tras él a su madre y la pequeña cabaña de Damián. Algo turbó el agua, la imagen se hizo borrosa y la niña se acercó para ver mejor, una mano salió del agua, la tomó de la cara y la arrastro dentro del charco. Naida sólo comenzó a reírse.

Algo le decía a Damián que tenía que hacer un último intento por encontrar una pista de la niña desaparecida, fue a la parte trasera de la cabaña y ahí la encontró tirada en el piso inconsciente, llamó a los guardabosques para que trajeran una ambulancia, la niña estuvo varias semanas en coma, cuando despertó no recordaba nada ni de antes ni después de haberse perdido en el bosque, los doctores llegaron a la conclusión de que su cerebro se había borrado a sí mismo por algún trauma que vivió en el bosque, su familia, a la que no reconocía, debía enseñarle todo de nuevo, desde cuál era su nombre, hasta el color del cielo.

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El texto pertenece a una dinámica que consistió en un sorteo de argumentos ideados por los mismos integrantes del taller. Cada autor debía desarrollarlo a su gusto y darle un final a la historia. El que le tocó a Marlenne fue el siguiente:

"Había una vez una niña que paseaba por el bosque con su hermanito pequeño, de repente el niño desaparece y ¡oh sorpresa!"

12.6.09

AVISO: ¿Van a ir?

Chicos de 'el lunes':
Omar me comentó que quizá estarían ocupados con sus trabajos finales. POR FAVOR. Avísenme oportunamente (no el mero lunes) si tendrán oportunidad de presentarse al taller. Algunas compañeras me confirmaron que tendrán examen en sus salón.
Gracias por su atención y buen fin de semana.

8.6.09

Pesadillas reales

Por Lilia G. Mancilla

Se escucharon unos pequeños pasitos que hacían crujir las hojas tiradas debido al otoño.

. . . .

Norma era una chica amante de la naturaleza que se encontraba de excursión. Dio un paseo por el bosque; de repente, unas finas gotas le rozaron la larga cabellera. A unos pocos metros, encontró una capilla de aspecto siniestro. Corrió hacia ese lugar para refugiarse de la terrible tormenta.
A pesar de que los relámpagos iluminaban todo el bosque, la capilla seguía en la penumbra. El único objeto brillante que se encontraba en ese sitio era una hermosa caja musical, fabricada de oro, lo cual le daba un aspecto demasiado viejo, de la época medieval.


Al poner atención detenidamente, descubrió que desprendía una dulce melodía. Se encontraba abierta. En el centro resaltaba una pequeña figura: un muchacho bailando solo como si su pareja fuera invisible o lo hubiera abandonado.
La jovencita se dejó llevar por la música y comenzó a bailar. Empezaba a sentirse exhausta y decidió dormir sobre el altar donde estaba la cajita musical.
Una brillante luz la hizo despertar; ésta provenía de uno de los vitrales de la capilla. Sabía que era muy tarde. Se levantó apresuradamente y cuando salió, vio un enorme castillo ubicado a cien metros de ahí… ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado?
Comenzó a explotar todo el terreno. Para llegar a aquel castillo, debía atravesar un pequeño río que lo rodeaba. Había un lindo puente construido de fina madera y adornado de flores que desprendían un delicioso aroma. No apareció ningún animal. Era algo extraño.
El castillo era sumamente hermoso. De un estilo singular. Bello y tenebroso. Aparentemente, nadie lo habitaba. Totalmente desierto. Las habitaciones estaban cubiertas de polvo. Tenía una gran torre de donde salía la bella melodía de aquella caja musical. Quería saber qué había en ese lugar.
Las escaleras se le hacían infinitas. Empezaba a anochecer. Cuando abrió la gruesa puerta, vio algo sorprendente. Un chico bailaba al ritmo de la música. Se parecía al de la pequeña cajita. Él no se había percatado de Norma. Ella intentó acercarse un poco más.
La habitación se volvió obscura. El muchacho desapareció. En su lugar, apareció una figura; alguien que se cubría con una capa.
–Era hora de que llegaras... Norma–, dijo una voz cruel.
Ella recordó quien era. Una temible bruja que la había atormentado en sus sueños desde que era pequeña. La hechicera Marlene. Siempre la perseguía diciéndole que le robaría lo más preciado para ella.
–Bruja... Marlene.
–Me recuerdas, ¿cierto? Creí que te habías olvidado de mí.
–Cómo podría, si protagonizaste muchas de mis pesadillas.
–Tienes mucha razón, pero me da mucho gusto verte de nuevo.
–No puedo decir lo mismo...
Nunca había confiado en ella, aunque sólo viviera en sus sueños. Sabía que detrás de ese rostro inexpresivo se encontraba la maldad. Había hecho algo horrible.
–¿Qué le has hecho a ese pobre chico? Responde.
–El príncipe no quiso obedecerme. Así que comencé a perseguirte a ti. Tuve que encerrarlo en la cajita musical que encontraste.
–Una trampa... eres más astuta de lo que creí.
–Gracias. Y ahora, pienso arrebatarte eso que tanto necesito.
Se lanzó hacia ella. Rodaron por el piso. Norma sólo pensaba en cómo quitársela de encima y rescatar al noble príncipe, quien también se había presentado en sus sueños. Podría matarla, pero... ¿cómo?
Claro. Lo que necesitaba estaba en la capilla. La aventó contra la pared y empezó a correr rápidamente. Era muy ágil. La hechicera no podía alcanzarla.
Llegó a su destino y buscó desesperadamente lo que mataría a la bruja. Un pequeño cristal que se encontraba dentro de la caja musical. Al principio, no se había dado cuenta de su existencia, hasta que recordó la escena de la capilla.
La maldita hechicera se acercó a ella y trató de tomarla por el cuello, pero Norma fue más rápida. Le clavó el cristal de la luz eterna en el pecho, donde se encontraba su corazón.
La bruja comenzó a hacerse polvo. El fuerte viento se la llevó, sin dejar rastro alguno.
Cuando la joven dio vuelta se topó con el apuesto príncipe de la cajita musical. Ambos hicieron una reverencia y se tomaron de las manos. La música surgió y empezaron a danzar por toda la capilla. El amanecer iluminó el bosque... el inicio del día se adornó del trinar de las aves.

. . . .

Todos buscaban a Norma. Estaban desesperados. La tormenta había cesado. Lograron llegar a la capilla donde creían que estaría nuestra joven amiga. No había nada. Sólo una pequeña caja musical, hecha de oro, donde reposaban dos bailarines que danzaban al compás de la dulce melodía...

FIN


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El texto pertenece a una dinámica que consistió en un sorteo de argumentos ideados por los mismos integrantes del taller. Cada autor debía desarrollarlo a su gusto y darle un final a la historia. El que le tocó a Lilia fue el siguiente:

"La pequeña Norma es una amante de la naturaleza, un día se fue de excursión y de repente se encuentra con una pequeña capilla; entró, ya que estaba lloviendo y se da cuenta de que hay algo raro en el altar, se acerca y de repente aparece en un castillo".

7.6.09

A propósito de la novela que leemos...

Lo que dice Pennac en este derecho me libera de cierta culpa (tonta culpa) por disfrutar como cuando tenía 15 años de una lectura como Los vivos y los muertos. Si es buena o mala no es el caso, lo que sí es indiscutible es que tiene emocionalmente prendados a la mayoría.
Nos vemos mañana en la biblioteca.

Gustave Flaubert,
autor de 'Madame Bovary'.

6
El derecho al bovarismo
(enfermedad de transmisión textual)


Eso es, grosso modo, el bovarismo, la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube, se producen identificaciones por doquier, y el cerebro confunde (momentáneamente) lo cotidiano con lo novelesco.
Es nuestro primer estado colectivo de lector.
Delicioso.
Pero bastante pavoroso para el observador adulto que, casi siempre, se apresura a agitar un «buen título» bajo las narices del joven bovariano, gritando: —Bueno, supongo que Maupassant es «mejor», ¿no?
Calma…, no cedamos al bovarismo; digámonos que, a fin de cuentas, la propia Emma no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave sólo engendraban los efectos —por verdaderos que fueran— deseados por Flaubert.
En otras palabras, no porque un joven coleccione novelas rosa acabará tragándose un cucharón de arsénico.
Forzarle la mano en esta fase de sus lecturas significa separarnos de ella renegando de nuestra propia adolescencia. Y también privarla del placer incomparable de desalojar mañana, y por sí misma, los estereotipos que, hoy, parecen arrojarla fuera de ella.
Es de sabios reconciliarnos con nuestra adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar el adolescente que fuimos es en sí una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como enfermedad mortal.
De ahí la necesidad de acordarnos de nuestras primeras emociones de lectores, y de levantar un altarcito a nuestras antiguas lecturas. Incluidas las más «estúpidas». Desempeñan un papel inestimable: conmovernos de lo que fuimos riéndonos de lo que nos conmovía. No hay duda de que los muchachos y las muchachas que comparten nuestra vida ganan con ello en respeto y en ternura.
Y luego decirse también que el bovarismo es —junto con alguna más— la cosa mejor repartida del mundo: siempre la descubrimos en el otro. No es extraño que a la vez que vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, colaboremos en el éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos tan printo como haya pasado de moda. Las modas literarias se explican ampliamente por esta alternancia de nuestros entusiasmos iluminados y de nuestros repudios perspicaces.
Jamás crédulos, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es el otro.
Emma debía compartir esta convicción.

Bibliografía:
PENNAC, Daniel, Como una novela, Anagrama Colección Argumentos, España, 11ª ed., 2006, 159-160 pp.

* La reproducción es usada para fines didácticos y su contenido es propiedad de su autor